El riesgo de acostumbrarnos a lo que no debería ser normal

Cada día hacemos cosas sencillas sin pensarlo demasiado. Cogemos un tren, conducimos por una carretera conocida, vivimos en un lugar donde siempre ha llovido. Volvemos a casa confiando en que todo está, más o menos, bajo control. No sentimos que estemos asumiendo un riesgo especial. Y eso es lógico.

Vivimos así porque confiamos. Confiamos en que alguien ya pensó en ello, en que alguien revisó, mantuvo, previno. No porque esa responsabilidad no pudiera organizarse de otra manera, sino porque así se ha estructurado durante décadas nuestra vida colectiva.

Esa confianza no nace de la ingenuidad, sino de una costumbre heredada: la de asumir que otros se ocupan de lo que no vemos.

Cuando algo deja de sorprendernos

Sin embargo, hay algo que ha ido cambiando poco a poco. Cada vez que ocurre una tragedia (una riada, un accidente de transporte, un siniestro en una vía conocida) sentimos impacto durante unos días. Luego llegan las explicaciones. Y, después, el silencio.

Al poco tiempo, todo vuelve a su sitio. No porque se haya resuelto el problema, sino porque nos hemos acostumbrado.

Lo que antes nos habría parecido inaceptable, hoy se convierte en “una desgracia”. Lo que antes exigía preguntas, hoy se despacha con explicaciones. Lo que antes sorprendía, ahora apenas interrumpe. No es que no nos importe, al menos en la mayoría de los casos. Es que hemos aprendido a convivir con ello, a seguir adelante.

Y seguir adelante, a veces, implica no detenerse demasiado a cuestionar lo que sucede. No porque sea inevitable, sino porque detenerse exige tiempo, energía y preguntas que no siempre sabemos dónde colocar.

Cuando algo grave deja de sorprendernos, deja también de incomodarnos. No porque sea inevitable, sino porque pensarlo cansa. Porque nos enfrenta a preguntas que preferimos no hacernos.

Este cambio no ocurre de golpe.

No hay un momento exacto en el que decidamos aceptar lo que antes nos parecía inaceptable. Ocurre de forma gradual.

Primero dejamos de exigir prevención. No porque pensemos que no sea importante, sino porque asumimos que alguien ya se está ocupando de ello. Después aceptamos explicaciones que llegan cuando ya es tarde. Y, poco a poco, integramos el riesgo como parte del paisaje.

No porque sea inevitable, sino porque resulta más fácil convivir con ello que detenerse a cuestionarlo.

Así, lo que debería generar inquietud se vuelve familiar. Lo que debería provocar revisión se convierte en rutina. Y lo que exigía atención acaba diluyéndose en una sucesión de hechos que “no tienen nada que ver entre sí”.

Este es el cambio silencioso: no dejamos de valorar la vida, pero rebajamos el umbral de lo que consideramos aceptable para protegerla.

No es una decisión consciente. Es una adaptación.

Y toda adaptación tiene un coste, aunque no siempre sepamos verlo en el momento.

Solemos pensar que el derecho a la vida se vulnera cuando alguien muere.

Es una forma comprensible de entenderlo, pero incompleta. El derecho a la vida no empieza en el accidente, ni en la tragedia, ni en el momento en que todo falla. Empieza mucho antes.

Empieza cuando se identifican riesgos conocidos. Cuando se decide mantener (o no) una infraestructura. Cuando se prioriza prevenir, o explicar después.

No exige que nada salga siempre bien. No promete seguridad absoluta. Exige algo más básico: no aceptar como normal aquello que se sabe evitable.

Entender el derecho a la vida de este modo cambia la mirada. Ya no se trata solo de lamentar lo ocurrido, sino de preguntarse qué debía haberse hecho antes. No desde la culpa, sino desde la responsabilidad.

Porque proteger la vida no es reaccionar cuando ya es tarde. Es cuidar las condiciones que la hacen posible cuando todavía hay margen para hacerlo.

Y vivimos confiando...

Vivimos confiando en muchas cosas que no vemos. En que las infraestructuras están mantenidas. En que los sistemas funcionan como deben. En que los riesgos conocidos han sido tenidos en cuenta.

No siempre sabemos por quién. Ni en qué momento. Ni bajo qué criterios.

Simplemente confiamos. No como una elección diaria, sino como una condición de fondo. La mayor parte del tiempo no pensamos en ello. La confianza simplemente está ahí, sosteniendo la rutina.

El problema no aparece cuando confiamos, sino cuando esa confianza se mantiene incluso cuando algo empieza a no encajar. No siempre porque no lo veamos, sino porque mirarlo exige una incomodidad que preferimos aplazar.

Quizá ahí empieza la dificultad: no en confiar, sino en seguir confiando cuando lo evitable deja de parecernos urgente.

Y seguimos adelante.

Por eso, podemos preguntarnos:

Tal vez no se trate de buscar culpables ni de señalar responsables concretos. Tal vez se trate de algo más sencillo, y más difícil: mirar con atención lo que hemos aprendido a aceptar.

Quizá merezca la pena detenerse un momento y preguntarse:

– ¿En qué momento lo evitable empezó a parecernos parte del paisaje?
– ¿Qué cosas dejamos de mirar para poder seguir adelante con normalidad?
– ¿Qué supone confiar cuando no sabemos bien en qué ni en quién confiamos?
– ¿Cómo cambia nuestra percepción del riesgo cuando la prevención se vuelve invisible?
– ¿Qué ocurre cuando lo grave deja de sorprendernos, porque sigue ocurriendo?

Pensar estas preguntas no es exagerar, tampoco desconfiar de todo o ir contra alguien. Es, simplemente,  
prevenir acostumbrarnos demasiado pronto, por inercia
.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El derecho a la vida empieza antes de la tragedia